miércoles 12 de marzo de 2008

Un africano en la Gran Vía :: Por David de la Torre


David de la Torre (Jaén, 1977) es miembro del equipo de ACPP en África Subsahariana. Anteriormente formó parte de nuestra delegación en Oriente Medio.

Cuarta entrega: UN PAÍS NO APTO PARA CUERDOS

Las siete de la mañana en Ziguinchor. Davo se detiene en un puesto de la calle para echarse algo al estómago de camino a la estación. Una mujer con cicatrices en los brazos y el escote de cuyo origen es mejor no estar al corriente, aún así atractiva, le indica que hoy hay para escoger entre bocadillo de judías pintas o de espagueti.

- Tomaré sólo un café, gracias - mientras recuerda los tiempos no tan lejanos en que era capaz de comerse cualquier cosa si el hambre apretaba. Ya en la estación, el medio de transporte para atravesar la frontera terrestre es un “siete plazas”, un coche ranchera cuatro puertas tan destartalado que pasaría desapercibido en Dakar.

Al llegar el séptimo pasajero, se ponen en marcha. Los controles militares se suceden antes y después de la frontera, para llegar tras ésta a la Yangada, un barco que permite el tránsito a ambos lados del río Cacheu mientras se eternizan las obras de construcción de un anhelado puente que no llega. Los compañeros de viaje de Davo son senegaleses que van a Bissau a trabajar. Lo cuidan en todo momento: cuando bajan del coche, compran naranjas para todos. Una chica viene con un cubo en la cabeza, lleno de polos de frutas tipo flash caseros,  envueltos en bolsas de plástico fino atadas, que se abren de un buen mordisco. Los chicos compran también para Davo. Bajo el sol, disfrutan del frío en los labios y charlan de fútbol y de lo maravilloso que sería para ellos poder ir a España a trabajar, en lugar de a Bissau, donde el mercado laboral no es mejor que en Ziguinchor. De vuelta en el vehículo, son detenidos por el ejército guineano a las puertas de la capital. Sus equipajes son registrados, encontrando una camiseta y una gorra de color verde en uno de los bultos. Nadie entendía criollo, pero no era necesario para darse cuenta de que provocó una mala reacción en los soldados. Bajo la acusación de ser un militar senegalés que trataba de colarse en Guinea Bissau sin los permisos pertinentes, el propietario de las ropas es retenido y los demás con él. Tras hora y media de discusiones, Toni, compañero de trabajo de Davo en esos lares, viene a sacarle de la estacada. Parten raudos tras recoger a Toni II, compañero de fatigas y alegrías en la delegación, rumbo al sur del país, en la frontera con Guinea Conakry, donde llegan ya entrada la noche y se retiran a descansar.

La luz de la mañana muestra los brazos de mar que rodean el albergue donde pasaron la noche. Guinea Conakry es un país penetrado por el mar y que pierde un veinte por ciento de su superficie con la marea alta, surcado por ríos que se confunden con los brazos. Y sin un puente; ni uno solo en absoluto. Se ponen en marcha y Davo asiste boquiabierto al espectáculo de naturaleza explosiva que lo rodea, aún en época seca; en particular, hormigueros de termitas que superan los dos metros de altura, y que le transportan a un domingo en la sobremesa de su infancia, viendo en TVE1 la mítica película “La marabunta”, una locura que ahora cobra sentido.

Llegados a su destino, se celebra la inauguración de clínicas construidas por las propias comunidades. Cuentan con placas solares, pozo de agua, equipos y una radio para la evacuación de casos graves al hospital más cercano. El pueblo es una fiesta, los niños bailan una coreografía ensayada para la ocasión disfrazados con hojas en cabeza, brazos y cintura al ritmo de palos sobre garrafas de plástico; y qué ritmo. La televisión y la radio están allí, el Director General del Ministerio de Salud (el dé-yé lo llaman los lugareños), el gobernador, representantes de la comunidad y un sinfín de personas que se saludan los unos a los otros. Comienzan los discursos, y los presentes asisten a un acontecimiento sublime: El representante de una de las comunidades toma la palabra. De pie, erguido, levanta su dedo mientras afirma:

- ¡Desde la independencia hasta nuestros días, nadie, absolutamente nadie, nos ha ayudado!; ¡ni tan siquiera el Estado! Pero con un poco de ayuda, y nuestras propias manos, hemos conseguido levantar y acondicionar esta construcción en un tiempo récord. ¡Ay de quien ose tocar un panel solar o la antena de comunicaciones! ¡Si alguien se atreve, lo matamos!

Lo que habían sido risas y bullicio hasta el momento se tornó en silencio. Esto era un tema serio y no cuestión de broma, así lo entendió la audiencia. Lo mejor de todo, estaba siendo grabado por el cámara de TV para extender el mensaje: Vamos a cuidar la unidad de salud como a nuestros propios hijos, porque de ella depende su salud.

El ambiente vuelve a relajarse con el fin de los discursos, y la fiesta continúa con asado de vaca y gallinas, sacrificadas expresamente para el festejo, la música, los gritos y el sarao. Toni comenta que deben irse, que se hace tarde y Bissau está muy lejos. Antes se marca un par de pasos de baile que son recibidos entre aplausos de agradecimiento por la deferencia. Emprenden la marcha, con un alto en el camino para degustar un buen plato de cabra asada, hasta caer rendidos nada más llegar a Bissau.

Los Tonis y Davo contemplan desde la calle un edificio de estilo colonial. El paso de los años y la falta de medios para mantenerlo lo muestran ahora muy diferente, decadente. Se trata de la sede del mayor sindicato de trabajadores del país, la UNTG. Allí les espera el presidente, el cual les recibe en su despacho con los brazos abiertos. Se siente cómodo escuchando el castellano, les cuenta que pasó bastantes años en Cuba. Tras los saludos de rigor, les hace una introducción de los orígenes del sindicalismo en Guinea Bissau. De cómo lucharon por su independencia en las filas del Partido Africano para la Independencia de Guinea y Cabo Verde, el PAIGC. Parafrasea a su compañero, libertador y padre de la patria, Amílcar Cabral, que les previno del suicidio que supondría la búsqueda de la libertad siguiendo el modelo de países vecinos: Francia es una democracia consolidada, Portugal es una dictadura que nos aplastará si luchamos en las ciudades y que no respetará ningún código ético de guerra. La revuelta se trasladó entonces al sur del país, donde se gestó la creación del partido. Posteriormente, sindicalismo y política se separaron, siguiendo un proceso muy similar al de Europa, lo que les permitía dejar la lucha política en otras manos para concentrarse en el diálogo con los empresarios y el Estado. La clase magistral de historia embobaba a los asistentes, no más que el análisis de la situación por la que atraviesa el país en la actualidad. La falta de inversión y de iniciativa empresarial obligaron al gobierno a crear millares de puestos públicos ficticios, que socavan las arcas públicas frenando el desarrollo de un país que no es precisamente pobre en recursos, aunque no rico. Les demanda apoyo a los sistemas de formación profesional para que los jóvenes se conviertan en una generación de emprendedores, a la par que alaba la implicación y el compromiso del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales español, que creará en breve escuelas taller en Bissau y otras capitales del África Occidental.

Guinea Bissau, llena de vida, de música, de alegría y de color, de gente acogedora que estaría encantada de tener retrasos en las obras del AVE. Eso significaría la existencia de  infraestructuras, de las cuales carecen por completo. Ni siquiera hay luz ni agua en los hogares de la capital, ni calles ni carreteras; no digamos en las zonas rurales. Tras un vistazo al hospital central, el alma se cae a los pies. Como la famosa aldea gala, este pequeño país resiste en un rincón del inmenso continente africano, pero aquí son ellos los locos, no los romanos. Unos locos entrañables y generosos.

Se acaba la estancia de Davo en esta parte del mundo, no sin tristeza. Se prepara para un cambio radical, que le llevará de una zona selvática a la sabana más inhóspita, en el extremo oriental del África del oeste. El paisaje de Niamey a Tahoua, en Níger.

Entrega V: Paisaje de desoladora esperanza 

Uno contra un millón :: Por Sergi Corbera


Sergi Corbera (Barcelona, 1979) es miembro del equipo de ACPP en Oriente Medio.

UNO CONTRA UN MILLÓN

Desde su creación en el año 1948, el Estado de Israel comete graves violaciones de los derechos humanos y el derecho internacional. Concre- tamente, la demolición de casas, la confiscación y la anexión de tierras ocupadas, entre otras acciones actualmente cometidas por Israel, están prohibidas por las leyes que regulan las acciones de las potencias ocupantes, específicamente la Cuarta Convención de Ginebra (1).


Por mucho que haya leído de las house demolitions (política de destrucción de casas árabes dentro de Israel y dentro de los territorios ocupados palestinos por parte del Estado de Israel), por mucho que me haya informado y me haya podido hacer una idea concreta, no ha sido hasta el día de hoy cuando me he dado cuenta del verdadero drama y la verdadera magnitud de la tragedia. Todo comenzó con una visita programada a Jerusalén Este, con el carismático y entrañable Meir Margalit.

Jerusalén Este debe ser, probablemente, el área urbana más disputada del planeta. Durante la primera guerra árabe-israelí, en el año 1948, las tropas del Ejército israelí ocuparon lo que hoy conocemos como Jerusalén Oeste y la línea del armisticio —denominada green line, línea verde— quedó establecida justo en la frontera de la Old City, la ciudad medieval amurallada que acoge los principales lugares sagrados de las tres religiones monoteístas: la Explanada de las Mezquitas, el lugar desde el cual, según la religión musulmana, Mahoma ascendió a los cielos; el Santo Sepulcro, donde, según la tradición cristiana, fue enterrado Jesús, y el Muro de las Lamentaciones, los últimos vestigios del antiguo Templo de Salomón, que fue durante siglos el recinto más sagrado para el pueblo judío. De esta manera, la Ciudad Vieja quedaba en la zona oriental de la ciudad, habitada por palestinos y bajo el control del Ejército jordano.

Aún así, en la segunda guerra árabe-israelí del año 1967 (la guerra de los Seis Días), las derrotadas tropas árabes fueron expulsadas por el Ejército judío de Jerusalén Este, así como de Cisjordania y Gaza. De esta manera, se estableció una diferencia entre las zonas conquistadas: mientras que Cisjordania y Gaza eran consideradas, por el Estado de Israel, como territorios ocupados, Jerusalén Este fue anexionado y Jerusalén, en contra de lo que determinaban las resoluciones de la ONU, pasó a considerarse una única ciudad y fue proclamada la capital eterna de Israel. Por eso, los israelíes celebran el año 1967 como el año de la “reunificación” (contrariamente a lo que debería ser la cruda realidad de los hechos: la celebración del año de la ocupación forzada de Jerusalén Este).

A partir de entonces, el Estado de Israel ha desarrollado una intensa política de colonización de Jerusalén Este: ha construido un cinturón de asentamientos que rodean Jerusalén Este por su parte oriental para separar la ciudad de Cisjordania y hacer imposible su devolución a los palestinos, ha llevado a cabo una agresiva política de expulsión de los ciudadanos palestinos, descendientes de los primeros árabes que vivieron allí desde hace trece siglos y, para conseguirlo, han planificado cuidadosamente, entre otras estrategias, una política de demolición de sus casas.

Meir Margalit, un activista y pacifista judío de origen argentino de unos cincuenta años de edad, es uno de los dirigentes y fundadores del ICAHD (Israeli Committee Against House Demolitions, Comité Israelí contra la Demolición de Casas). ICAHD es una organización no violenta que trabaja conjuntamente con palestinos y organizaciones internacionales, realizando acciones directas dedicadas a resistir y acabar con la ocupación israelí dentro de los Territorios Ocupados —incluido Jerusalén Este— así como a ofrecer asistencia técnica y legal para una paz justa entre palestinos e israelíes. Su principal resistencia es contra la política sistemática de demolición de casas palestinas que ejecuta el Estado de Israel y que ha afectado, por ahora, a más de 18.000 hogares en Israel y en los Territorios Ocupados Palestinos desde 1967.

Mientras nos acercamos con el coche al suburbio de Tel El Ful (que pertenece al barrio de Beit Hanina (2), y después de sortear diversos caminos con una fuerte pendiente, llegamos a una zona elevada donde se empiezan a ver ruinas de casas derruidas en medio de otras casas bajas aún en pie. Uno no es capaz de identificar cuánto tiempo llevan destruidas, sólo se puede percibir el dolor que han dejado atrás. Al Gobierno israelí no le basta sólo con demoler las casas con los bulldozers, sino que deja intencionadamente los derrubios con sus toneladas de acero y metal como si fueran gigantes amenazadores, testimonios de la próxima brutalidad a ka que las otras familias de la zona pueden exponerse. Desgraciadamente, son las propias familias palestinas las que han de asumir el coste del desescombro, un precio demasiado elevado que no se pueden permitir pagar, por lo que se ven obligados, a regañadientes, a dejar los derrubios en el mismo lugar.

Antes de llegar, Meir nos explica que la política de destrucción de casas consiste, en realidad, en una política de desplazamientos: contribuye a la desposesión de un pueblo y a su sustitución por otro, con el objetivo de posibilitar la extensión del asentamiento vecino, habitado por judíos. En una simple palabra, empleada oficialmente por el Gobierno israelí: se trata de una política de judeización.

Finalmente, llegamos a nuestro destino. Tenemos el triste privilegio de visitar una de las 10.000 casas palestinas de Jerusalén Este afectadas por el proceso de judeización que arrastran desde hace años órdenes de demolición y a la que Meir está ofreciendo apoyo legal. La casa es propiedad del Sr. Hussein, que vive con su mujer y sus dos hijas adolescentes. Es escalofriante pensar que de todos estos millares de casas amenazadas de demolición por razones administrativas —normalmente, por no tener el permiso de construcción—, aproximadamente unas 150, cada año, son finalmente derruidas. La otra cara de la moneda de esta atrocidad es la construcción de 90.000 casas para los judíos en Jerusalén Este, con lo que se consigue que la población judía sea la más numerosa de la ciudad. A pesar del crecimiento natural de los habitantes árabes de la ciudad —un tercio de los habitantes de Jerusalén es palestino— la Administración israelí normalmente niega el permiso de construcción de nuevas casas a los palestinos, aunque éstos hayan comprado legalmente los terrenos donde intentan construir, de tal manera que los palestinos se ven forzados a construir sus casas ilegalmente, corriendo así el riesgo de su demolición. Sorprendente pero cierto: los hechos hablan por sí solos.

Lo primero que nos enseña Hussein son las casas de sus dos hijos, que han sido derruidas hace pocos meses, justo al lado de la suya. En este momento presencio una de las imágenes más crudas y angustiosas desde que estoy en los Territorios. El testimonio de este hombre nos deja helados y paralizados, mientras nos explica los hechos delante de las casas inexistentes, que son el símbolo de una barbarie perpetrada por un Estado que se autoproclama democrático. Lo que más me impresiona es su mirada, tan desoladora, tan triste, con los ojos medio llorosos y con signos de una fatiga duradera y cara de derrota. No consigo ni acabar de beber el refresco que su buena hospitalidad nos ha servido. Es evidente —tal como nos había dejado entrever Meir— que la disgregación de los núcleos familiares palestinos, el separar las tradicionales familias extensas árabes para impedir que los padres vivan al lado de los hijos, es otro de los objetivos encubiertos de la demolición de casas y uno de los efectos del desplazamiento forzoso de la población.

Text Box: La disgregación de los núcleos familiares palestinos es otro de los objetivos encubiertos de la demolición de casas y uno de los efectos del desplazamiento forzoso de la población.Una vez vistas las ruinas que hay en el exterior de su casa, aún en pie, Hussein nos invita a entrar en su casa, pero antes de sentarnos en el comedor nos acercamos a la espaciosa terraza. Desde ahí, podemos distinguir perfectamente la proximidad de la colonia judía de Pisgat Ze'ev, que va extendiéndose imparable hasta el cerro árabe en el que se encuentra la casa de Hussein, como si de una metástasis urbanística se tratara. Una vez sentados en el comedor,  Hussein, con una gran dignidad, nos comienza a explicar su historia personal, una de entre decenas de miles. Durante toda la conversación que mantenemos con Hussein, sus hijas permanecen al margen y empiezan a hacer la limpieza semanal  —puede ser una de las últimas, intentando olvidar las circunstancias y siguiendo con su vida con total normalidad—. Unos minutos más tarde, su mujer se sienta con nosotros, atendiendo al testimonio de su marido.

La de Hussein y su familia es una historia común y conocida entre la comunidad árabe de Palestina. Tenía una casa en el barrio judío de la Ciudad Vieja, desde 1960. En 1967, después de la Guerra de los Seis Días, le obligaron a abandonar la casa y con su mujer se marcharon a la zona de Azariya, relativamente cerca de Jerusalén Este, en la Cisjordania ocupada. Después, construyeron una casa en el mismo centro de Beit Hanina. Querían vivir lo más cerca posible de los límites de Jerusalén. De nuevo, la casa fue destruida. Finalmente, se mudaron a su casa actual, en el suburbio de Tel El Ful. Compró ahí unos terrenos, de manera perfectamente legal, que en condiciones normales deberían considerarse zona edificable. La Autoridad Nacional de la Tierra, una institución de la Administración israelí, le ofreció dinero para recomprarlos, pero Hussein se negó a venderlos y acabó construyendo ahí su casa.

Aún así, la municipalidad de Jerusalén, según el plan urbanístico vigente, había recalificado el terreno sobre el cual estaba edificada la casa de Hussein —y el barrio entero— como zona verde y, por tanto, como zona no edificable. Así, a pesar de ser los propietarios de las tierras, los árabes son obligados por la municipalidad a apelar ante la Corte Suprema de Justicia de Israel, para obtener el permiso de construcción. Mientras no lo obtengan, los casos pasan a quedar bajo orden administrativa de demolición.

Meir nos puntualiza que el Estado de Israel aún se sirve de un antiguo plan urbanístico del Mandato Británico, que clasificaba toda Cisjordania como tierra agrícola, con el objetivo de impedir las construcciones de los palestinos. Aún así, en el caso de las colonias judías este mandato se pasa por alto y sólo se aplica a la comunidad árabe. Pese a ello, los palestinos compran las tierras confiando en que será fácil conseguir este permiso de construcción. Pero la realidad es otra: las licencias de construcción tardan más de seis años en otorgarse, tiempo durante el cual las órdenes administrativas de demolición pueden seguir su curso. Además, en el caso de que pierdan  la apelación, la Corte Suprema impone a los propietarios una multa de 1.000 shekels (unos 190 euros) por falta de licencia de construcción, cantidad que deben pagar aún en el caso de que la casa haya sido destruida.

El hecho que considero más admirable y que más me impresiona es que la comunidad árabe, a pesar de conocer los casos de las demoliciones por las que han pasado antes que ellos sus vecinos, se muestra valiente y no recula, se niega a marcharse de sus tierras. Marcharse sería tanto como reconocer que la tierra no les pertenece. Ceder es visto como un acto de subordinación y de normalización —término que hace referencia a la aceptación de la ocupación—, legitimando la política de hechos consumados que Israel lleva practicando durante más de 40 años.

A la situación descrita, se une el hecho de que muchas veces los palestinos pueden demostrar la propiedad de las casas, pero no la propiedad del terreno sobre el que se edifica, pese a que el terreno fue comprado legalmente y pagado religiosamente. En estos casos, el Gobierno alega que los papeles de las escrituras están falsificados. Así, la municipalidad, que es la que ejecuta la política de demoliciones, encuentra aún más motivos para acabar echando por tierra las casas con sus bulldozers.

Afortunadamente, en el caso de Hussein y gracias a la ayuda incondicional de ICAHD —que les presta asesoramiento legal para que puedan acceder a la Corte de Justicia a un precio módico—, el abogado defensor ha podido llegar a parar temporalmente la orden de demolición con una batería de apelaciones y recursos. Lo más sorprendente es que la Corte Suprema de Israel permite presentar recursos siempre que se paguen 5.000 shekels (unos 900 euros) como garantía de que los argumentos en los que se basan están fundados y que no tienen como único objetivo ganar tiempo. Sólo en el caso de que estos argumentos sean considerados sólidos, consistentes y bien fundados, esta cantidad se devolverá al apelante. No obstante, esto no impide que la Corte acabe denegando el permiso de construcción y que, finalmente, la casa sea sometida igualmente a la demolición.

La única explicación que encuentro a toda esta estrategia tan diabólicamente enrevesada de las autoridades israelíes —ya sea el Gobierno, la municipalidad o la Corte Suprema— es la de hacer perder el tiempo, la energía y el dinero a los afectados: ir ahogándolos económicamente y debilitándolos anímicamente.

A mediados de octubre de 2007, la Corte resolverá las apelaciones interpuestas por Hussein y decidirá finalmente el destino de su casa. En el peor de los casos, a partir de este día, para el que faltan apenas dos meses, pueden llegar los bulldozers sin previo aviso cualquier mañana. Meir nos comenta que, en el caso de que finalmente le confisquen la tierra, la indemnización será muy baja, ya que la municipalidad la pagaría como si se tratase de tierra de cultivo, muy por debajo del valor que tenía inicialmente cuando el Sr. Hussein la compró.

En un momento determinado y después de explicarnos su patética situación, le preguntamos si aún tiene esperanza, si aún no ha tirado la toalla. Con una mirada penetrante, pero infeliz, aferrándose a la montaña de papeleo legal formada por las escrituras y los recursos legales que nos ha ido enseñando durante su narración, unos papeles que son su única arma y defensa, nos contesta: ¿Qué puedo hacer? Soy uno contra un millón. Si hay un Dios, él me ayudará. Desgraciadamente las fuerzas divinas aún no han conseguido vencer los bulldozers y parece que tampoco entienden de Davides ni de Goliats.

Antes de marchar, Hussein insiste en que veamos en qué condiciones viven: las habitaciones de la casa no tienen armarios porque están desmontados, amontonados al lado de la entrada principal de la casa; la ropa que antes llenaba los armarios ahora está recogida en grandes bolsas, para que, en el caso de que cualquier mañana o cualquier noche los bulldozers lleguen por sorpresa y la familia deba huir corriendo de su propia casa, les dé tiempo a llevarse estas bolsas. Las demoliciones, en efecto, jamás se avisan con antelación y cuando llegan los bulldozers los habitantes de la casa que se va a demoler tienen a penas unos minutos para marcharse, antes de que las paredes de la casa empiecen a caer sobre ellos.

Llega un momento en el que la hija menor del Sr. Hussein se incomoda por la presencia de tantas personas en su casa. Me pregunto cuánta gente debe pasar por aquella casa para acabar marchándose una vez oído aquel testimonio que te hace sentir impotente, incapaz de hacer nada para parar la barbarie, mientras intentas reconciliarte una vez más con la humanidad. El estrés psicológico que representa saber que en cualquier momento pueden derruir tu casa, y más tratándose de una adolescente... ¿cómo se puede soportar este drama? ¿Hay algo peor? Nuestro llanto se hace inevitable y muchos de nosotros optamos por salir de la casa cuanto antes mejor. El dolor y la pena se hacen insoportables.

Subimos al coche con un silencio ensordecedor, conmovidos por lo que acabamos de vivir. Se me ocurre preguntar a Meir qué posibilidades tiene el señor Hussein de salirse con la suya y mantener su casa en pie. “No saldrá de ésta y, probablemente, durante las próximas semanas le demolerán la casa”, me responde. Las arcas de la municipalidad de Jerusalén tienen un fondo anual destinado exclusivamente a destruir un determinado número de casas, concretamente unas 120-130 cada año. “Es una lucha perdida”, nos confiesa Meir. “La alegría de salvar una casa se desvanece a los cinco minutos porque, involuntariamente, has condenado a otra a ser destruida”.

Resignadamente, arranco el coche mientras en el espejo retrovisor veo la imagen de aquel hombre plantado delante de la puerta, la puerta de su ya inexistente propiedad.

Nota: A día de hoy, 6 meses más tarde de la visita, el  Sr. Hussein continúa con la casa en pie bajo una orden de demolición y a espera angustiosa de los bulldozers, después de que la Corte no aceptara las apelaciones interpuestas en octubre de 2007.

Sergi Corbera i Gaju



(1) La Convención de Ginebra regula la conducta en contextos de conflicto armado y establece los principios básicos de las leyes de ocupación, incluyendo el principio que no se pueden adquirir derechos sobre una tierra mediante una ocupación militar.  

(2) Beit Hanina es un barrio situado entre Ramala y Jerusalén que ha sido parte del distrito de Jerusalén desde la época del Imperio Otomano.

lunes 25 de febrero de 2008

Próxima parada... El Rif :: Por Ángeles Alonso


Ángeles Alonso (Gijón, 1981) es delegada de ACPP en Asturias.

PRÓXIMA PARADA... EL RIF

Hace mucho tiempo que los expertos/as nos hablan del cambio cualitativo que ha experimentado la sociedad occidental y de cómo esto nos obliga a transformar los pilares de la educación. Los riesgos de no asumir dicho cambio son importantes y hacer oídos sordos a estas recomendaciones nos hace responsables de los crecientes niveles de injusticia local y global.

Está claro que educar ya no puede entenderse como una transmisión vertical de conocimientos, no puede limitarse a adiestrar en determinados valores, normas y costumbres: debe enseñarnos a analizar todos esos factores para asumirlos o transformarlos…para mejorarlos. Debemos, pues, incidir en las causas de esta enfermedad y no únicamente en los síntomas, nuestra intervención debe ser preventiva y no paliativa.

Desde Asamblea de Cooperación por la Paz compartimos esta inquietud y asumimos la corresponsabilidad que, como organización de base social, tenemos en la transformación de la realidad educativa que nos rodea. Nuestra receta para esta enfermedad del siglo XXI se llama “Escuelas sin Racismo, Escuelas para la Paz y el Desarrollo” y supone el trabajo en red de más de 400 centros educativos europeos (163 de ellos españoles) para incorporar un modelo de educación crítico, plural, horizontal y transformador que plante cara a la hegemonía educativa actual.

A lo largo de más de 10 años, nuestro trabajo y nuestros objetivos se han transformado y han evolucionado para mimetizarse con las necesidades de una sociedad en constante cambio. Ha resultado inevitable plantearnos la globalización de nuestra red educativa, porque apostar por una forma de entender la educación conduce a compartir y a socializar las estrategias y herramientas precisas para combatir la injusticia allí donde resulte necesario.

Así es que, en este punto del camino, nos planteamos dar un paso más y ampliar nuestra red educativa hasta la otra orilla del Estrecho. Marruecos supondrá el punto de partida en la constitución de la Red Mediterránea de “Escuelas sin Racismo, Escuelas para la Paz y el Desarrollo”. La realidad socio-política del país y el eterno binomio Norte-Sur hace que esta tarea sea delicada. Estamos hablando de un proceso para democratizar las escuelas, para luchar contra el clientelismo y garantizar una educación igualitaria y universal que, además, atienda a razones no sólo cuantitativas sino cualitativas. Y ni podemos ni queremos olvidar que esta iniciativa es direccional, va desde el Norte hasta el Sur, desde nuestra visión occidental hasta el contexto del Rif, desde la LOE hasta la Carta Nacional de Educación y Formación. Por ello, las bases de esta intervención deben ajustarse más que nunca a los principios por los que aboga Asamblea de Cooperación por la Paz. El gran reto reside en poner en marcha esta experiencia desde la interacción, la retroalimentación y el intercambio horizontal porque cualquier otra práctica supondría una colonización cultural reinventada y perversa.

Intentando ser coherentes con esta forma de entender la educación, la pasada semana tuvieron lugar en Asturias las primeras Jornadas de Educación al Desarrollo, Interculturalidad y Sensibilización Social. Intercambio Asturias-Marruecos. Allí pudimos ser testigos de una experiencia participativa que reunió al profesorado y alumnado de la red asturiana de Escuelas Sin Racismo con docentes de las comunidades educativas marroquíes de Berkane, Al Hoceimas y Nador. El objetivo común fue reflexionar conjuntamente, crear canales de comunicación y aprender a aprender de quienes están en nuestra orilla o de quienes viven al otro lado del mar.

Esto ha sido sólo un primer alto en el camino, nuestra próxima parada será la ansiada Red Mediterránea para seguirla hasta donde nos lleve porque…quién sabe…quizá mañana nos una algo más que el mar.  

martes 19 de febrero de 2008

Una friki en Asamblea :: Por Maite Ortega


Maite Ortega (Barcelona, 1969) es técnica del área de Cooperación al Desarrollo de ACPP, coordinando junto con el equipo en el terreno nuestros proyectos en Marruecos

UNA FRIKI EN ASAMBLEA

Friki, según wikipedia: “(…) se ha relacionado al  friki con la informática, filatelia, videojuegos, cómics, películas y series de ciencia ficción,  fantasía, manga o anime”. Supongo que a los informáticos nos ve así mucha gente. Por mi parte,  confieso que me he visto unas cuantas veces la saga  de la Guerra de las Galaxias (¡y las que me quedan!),  del resto… paso, pero sí, soy informática, o mejor  dicho, estudié y he ejercido como tal hasta hace tres  meses y pico.

La tecnología está muy bien, pero para  mí es un medio, no un fin. Dedicarme tropocientas  horas a pensar cómo definir un modelo de datos, o  montar para un cliente una presentación, está bien,  pero no es suficiente. No porque no sea  interesante, sino porque el resultado final no  contribuye a mejorar lo que veo que pasa a mi alrededor. Así que: o  seguía pensando que no puedo hacer nada, que todo  está fatal y ya lo arreglarán los gobiernos y yo-ya-doy-un-tanto-cada-mes-para-la-ong-tal…, y continuaba yendo a trabajar, seguía haciendo  presentaciones y modelos de datos… o dejaba de  mentirme y conformarme. Elegí lo segundo. Fue una  liberación, me quité un gran peso de encima, dejé de  sentirme como un avestruz que esconde la cabeza. Llegar hasta aquí ha costado. Las cosas no van todo lo rápido que a veces queremos. Por suerte, en  agosto me subí a un avión para ir al curso de  Guatemala y El Salvador, y todo empezó a cambiar.  Conocí a gente especial que me ha ayudado mucho. Cada uno tiene que encontrar su camino, yo he dado  unas cuantas vueltas antes de llegar, y he aprendido  cosas durante ese paseo. 

Una de ellas es lo que comentaba un poco más arriba: trabajar para dejar  atrás el conformismo. Creo que no es fácil para  nadie, hay mucho que hacer para despertar y dejar de  vernos limitados, ver que podemos salir de la rueda  que nos hace ser insensibles y lejanos ante los  cientos de imágenes que golpean nuestra retina desde  los telediarios, y los periódicos, con noticias de nuestra ciudad, nuestro barrio o del otro lado del  planeta. Pasan cosas, cada día, cada hora, no basta  con votar y pagar impuestos, eso no te da un  pasaporte para vivir feliz y tranquilo. Estamos en  un mundo cada día más global, más individualista, y  creo que cada uno tenemos la oportunidad de trabajar  para que las cosas funcionen de otra manera. Mirar para otro lado no  sirve de nada.

Mi día a día ahora está en Marruecos, trabajando  codo con codo con unas personas que le ponen muchas  ganas y esfuerzo. La informática sigue formando  parte de mi vida, pero de manera muy diferente.  Ahora es un medio. No me he quitado la etiqueta de "rara" porque para mucha gente los que trabajamos en una ong también somos gentes "diferentes", muchos nos ven como personas sin nada que nos ate, dispuestos a llenar una maleta en cualquier momento y salir hacia cualquier destino, aunque eso suponga dejar atrás nuestro mundo y nuestra gente.

Sigue, sigue adelante y no regreses, 
Fiel hasta el fin del camino y tu vida, 
No eches de menos un destino más fácil, 
Tus pies sobre la tierra antes no hollada, 
Tus ojos frente a lo antes nunca visto

Peregrino - León Felipe

 Besazos para tod@s y… ¡que la fuerza nos acompañe!  

jueves 14 de febrero de 2008

Cierre de convocatoria :: Por Alejandro Quiñoá


Alejandro Quiñoá (Lugo, 1980) es Coordinador de Proyectos de ACPP en América Central y miembro del equipo de ACPP en Galicia

CIERRE DE CONVOCATORIA

Varón, 27 años, a punto de los 28, sin los conflictos existenciales de mi compañero David (ver el artículo publicado en este blog con el título "Un africano por la Gran Vía: comienza la cuenta) porque la treintena aún la veo lejana. Desde hace tres años trabajo en ACPP y siempre vinculado al área de Centroamérica. Es mi primera experiencia en esto de los blogs, porque uno en cuestiones tecnológicas se siente más del siglo pasado que del actual, con lo que aún me sorprendo por la frescura de estos nuevos medios de comunicación.

Antes de empezar me ubicaré, soy Coordinador de Proyectos de ACPP en América Central, pero trabajo desde España, concretamente en Santiago de Compostela. El hecho de estar en España, en la estirpe de trabajadores/as que sólo tienen contacto esporádico con el terreno, hará que mis narraciones sean menos trepidantes e intensas que la de los expatriados/as, pero está claro que el trabajo en cooperación es circular y tan importante es la gente que trabaja en los países del Sur como la que lo hace desde aquí.

Mi idea es contar historias del día a día, hablar de proyectos, de ilusiones, de contactos, de encuentros y de algún que otro problemilla, porque todo esto es la cooperación; es algo vivo y dinámico, constancia, obstáculos y ejemplos de superación de comunidades, pueblos y gentes, que luchan contra la lógica de un sistema que se impone como hegemónico, globalizando las miserias y concentrando las riquezas.

Empezaré contándoos que hoy cerró la convocatoria de subvenciones del Gobierno de Navarra, presentamos un proyecto con en el que todo el equipo de El Salvador-Guatemala, estamos entusiasmados. Se trata de la segunda fase de un proyecto que iniciamos en el año 2006 con financiación del Parlamento de Andalucía, en el que se formó a un grupo de niñas-adolescentes del Municipio de Santa Tecla (El Salvador) en prevención de la violencia de género, salud sexual reproductiva y organización comunitaria. Las beneficiarias de este proyecto son niñas en grave riesgo de exclusión social, que conviven en comunidades donde la violencia se ha apoderado de su día a día, y en un país donde el feminicidio alcanza cotas de verdadera epidemia social (en 2006 murieron  asesinadas  437 mujeres, sobre una población de más de 6 millones y medio de personas), con lo que es necesario trabajar desde la base para superar esta situación y quién mejor que la misma población para ser actores del cambio.

En este caso, nuestra contraparte APROCSAL identificó que, una vez definido el qué trabajar (organización comunitaria, prevención de la violencia de género y salud sexual reproductiva), teníamos que buscar soportes novedosos que nos permitiesen llegar a la gente. Ya no podíamos trabajar con el típico reparto de dípticos, sino que teníamos que ir más allá  y buscar nuevos mecanismos que fueran amenos y a la vez valiesen para que el mensaje calase. Llegados a este punto se optó por que, una vez que las niñas tuviesen una formación básica en la materia, trabajarían en la elaboración de una obra de teatro, y en la redacción de periódicos murales, con los que irían a las comunidades a compartir todo lo que habían aprendido.

Con el proyecto ya en marcha, se vieron los primeros resultados. El grupo era cohesionado y realmente bueno, con historias particulares en muchos casos dramáticas, pero constituían un ejemplo de superación y lucha. Cuando se empezó con el teatro fue un éxito. Las niñas estaban motivadas y poco a poco fueron construyendo la historia, en base a lo que viven en su cotidianeidad: así escribieron el guión de “¿Ver, Oír y Callar?”. En la obra se plantea una situación en la que varias niñas de una escuela sufren abusos por el marido de una maestra, que no se atreve a hacerle frente, y cuenta cómo la directora se entera del asunto y promueve la denuncia de esta situación.

El tiempo pasaba y las niñas iban por las comunidades mostrando su obra y en el posterior teatro-forum se hablaba de la situación en cada comunidad, de muchos casos de violencia. Así se destaparon situaciones denigrantes y, sobre todo, se consiguió lo que se perseguía, hablar sin tapujos de un problema que esta ahí, latente.

El año pasado, en el marco de los Cursos de Cooperación Sobre el Terreno de ACPP, vimos la obra y estuvimos con las niñas más de 20 personas ajenas a su realidad, que vivimos en España, que incluso hablamos un castellano diferente, y os puedo confesar que nos emocionamos y vimos que el mensaje llegaba y nos llegaba.

Pues bien, éste es el tipo de proyectos que nos gustan, los que generan base social y denuncia, que contribuyen a hablar de problemas reales y proponen soluciones. La primera fase se acabó pero aún queda mucho por hacer, con lo que nos planteamos que era necesario fortalecer el grupo que ya estaba hecho y que había que ampliar los multiplicadores, y ése fue el proyecto que acabamos de presentar en el que incluiremos ahora a niños-adolescentes para hacer un grupo mixto y seguir con el trabajo de sensibilización, creando espacios de diálogo, y sobre todo, de transformación de una realidad que hay que cambiar con conciencia.

Espero algún día poder escribir en este blog que el proyecto está aprobado y que seguimos trabajando con este grupo de niñas (a partir de ese momento también con niños), que con humildad y tesón luchan por transformar la sociedad en la que viven. Son el ejemplo, nuestro ejemplo.

PD. Aprovecho este espacio para hacer pública felicitación al equipo de APROCSAL que implementó el proyecto.

Ningún hombre es una isla :: Por Ángeles Alonso

Ángeles Alonso (Gijón, 1981) es delegada de ACPP en Asturias.


NINGÚN HOMBRE ES UNA ISLA

2 países, 4 provincias, 3 idiomas, 2 dialectos, 26 proyectos curriculares diferentes y un mismo propósito: traducir todas esas realidades individuales y sociales en un proyecto común…Desde luego, una complicada tarea.

No puedo evitar recordar lecturas de hace un montón de tiempo, incluso recuerdo alguna de mis clases universitarias: “Se trata de una forma de entender la educación, una forma que se ubica en la horizontalidad de las relaciones humanas, y que, por tanto, implica el diálogo y la continua reflexión acerca de la propia realidad a lo largo del proceso educativo. Se considera liberación porque pretende el reencuentro de los seres humanos con su dignidad de creadores y participantes activos en la cultura que los configura”: el método freiriano, la pedagogía de la liberación.

En estos años, en los que he tenido la suerte de poder dedicar parte de mi trabajo y toda mi militancia a la educación, he reflexionado mucho sobre la verborrea teórica y la práctica real. Todas estas teorías y enfoques que, en cierto modo, sustentan para mí el porqué de este trabajo ¿son en realidad un mercado de humo?

Es inevitable plantearnos cuál es el papel de la ciudadanía y su capacidad para influir en el desarrollo local y global del mundo. Si llegamos a una conclusión que afirme este papel de la sociedad civil, sin duda, uno de los caminos a tener en cuenta es la educación, liberadora, como motor del cambio social, para transformar y para formar, para emancipar.

A veces me ha asustado que estas teorías fuesen el placebo para justificar la necesidad de nuestro trabajo. Quizá la educación y la sensibilización son conceptos más mundanos, con menos literatura. Quizá arrastramos los centros educativos a nuestro lado solamente con dialéctica.

Durante 5 días estoy siendo testigo de una experiencia participativa que acerca profesorado y alumnado de la red asturiana de Escuelas Sin Racismo (ESR) con docentes de las comunidades educativas marroquíes de Berkane, Al Hoceimas y Nador. El objetivo común es reflexionar conjuntamente sobre la Educación, el Desarrollo y las relaciones Norte-Sur que rodean ambos conceptos.

Insisto…2 países, 4 provincias, 3 idiomas, 2 dialectos, 26 proyectos curriculares diferentes y un mismo propósito: traducir todas esas realidades individuales y sociales en un proyecto común que se llama ESR, Escuelas para la Paz y el Desarrollo.

Estamos presenciando una metamorfosis del temible humo. Este encuentro de profesorado materializa en cada actividad esa horizontalidad de las relaciones humanas, ese análisis que empuja hacia la emancipación, hacia la creación de canales de comunicación y trabajo conjunto para conseguir conciencias críticas entre el alumnado de ambos lados del mar.

Termino la crónica de esta experiencia haciéndome eco de las palabras que el amigo Mauricio Schwarz utilizó en su día para presentar nuestras experiencias educativas:

“El mar separa más que las montañas, más que los ríos. Por ello, ‘el otro lado del mar’ ha sido utilizado en la imaginería popular como paradigma de lo inalcanzable y lo asombrosamente distinto, lo lejano y, muchas veces, lo temible.

Sin embargo, lo que hemos ido hallando al cruzar los mares no es, finalmente, tan distinto de nosotros. Los matices, que apenas sirven para resaltar la riqueza de la diversidad humana, no llegan a ocultar del todo la cercanía, la igualdad de los que viven a ambos lados. Su risa, sus sueños, sus amores, sus pasiones, sus virtudes y defectos son prácticamente indistinguibles. Vencidas las barreras del idioma, del código de símbolos desarrollado por cada uno, el descubrimiento inevitable es que lo simbolizado, la esencia, es la misma”.

Ningún hombre es una isla, algo completo en si mismo;

todo hombre es un fragmento del continente, una parte de un conjunto.

John Donne 

miércoles 13 de febrero de 2008

Un africano por la Gran Via :: Por David de la Torre


David de la Torre (Jaén, 1977) es miembro del equipo de ACPP en África Subsahariana. Anteriormente formó parte de nuestra delegación en Oriente Medio.

Segunda entrega: LA PRIMERA IMPRESIÓN ES LA QUE CUENTO

Dakar, capital de Senegal.

Cientos de personas, o eso le parece, le ofrecen al unísono tarjetas de teléfono, cambio de moneda, taxis, carritos para el equipaje, hoteles, y todo aquello que un recién llegado pueda necesitar. Ruido, polvo, coches y caos, pueden transportar a un viandante cualquiera hasta el escenario de una gran edificación, una inmensa obra que lo rodea, lo maltrata y lo incomoda. En Dakar, carreteras, inmuebles, canalizaciones, viaductos: todo parece estar preparándose para la gran ocasión, vistiendo las mejores galas para que, el día en que cumpla la mayoría de edad, pueda lucirse con todo su esplendor. Y a juzgar por la ferviente actividad, el día está cerca.

El centro de Dakar se alza en una península. De ahí que parezca que la falta de espacio haya comprimido la ciudad en un intento de encontrar espacio para todos. La población crece sin parar, y es que muchos jóvenes senegaleses dejan el pueblo para buscar mejor suerte en la capital, convirtiendo la urbe en un asfixia sin que por otro lado pueda mejorar las vidas de todos los adoptados ciudadanos. Sin embargo, ese ceñido espacio ha jugado otro papel, digamos que ha tenido un efecto colateral; como si la escasez de sitio hubiera hecho acercarse a las personas entre sí, forzándolas a interaccionar, a convivir y a relacionarse. Hay de todo como en todas partes, pero, en general, es el dakariano una buena muestra de carácter agradable a su vecino y al extranjero. Y eso se nota en las casas de comidas, las calles, los mercados, la música, las miradas, las formas, la estética, los eventos culturales, el respeto.

Davo pasea por el centro de la metrópoli, intentando identificar los frutos que muestran vendedores ambulantes en sus puestos. Como si de una partida de Trivial Pursuit se tratase, escoge la pregunta fácil: los secos son cacahuetes, tostados en lugar de fritos y de un tamaño considerablemente menor, lo que, como podrá comprobar algo más tarde, los hace de una adicción incontrolable. El resto de frutos, no identificados; el resto de mercancías, innumerables. En medio de todo el alboroto, se acuerda de su padre, y de cómo utilizaba la misma expresión en estas situaciones para que él y su hermana rieran a carcajadas cuando eran pequeños:-¡Se folló el formón!- repetía la visión en su cabeza mientras sonreía. Para no dejarse llevar por el bullicio, se mueve despacio. Él y todo el mundo, las prisas sólo consiguen que te empapes en sudor.

Cuando llega a la Plaza de la Independencia, decide sentarse en uno de los bordes del cercado. Reconoce en ese momento la sabiduría popular de su lugar de nacimiento, en este caso concretada en el dicho “vete por la sombra”. Qué razón tenían los mayores, siempre la tendrán. Un niño se acerca a él, lo mira de lado y se queda quieto a un metro de distancia. Debe tener unos cuatro o cinco años, lleva ropas tres tallas más grandes, el pelo rizado muy corto y ojos oscuros, profundos y hermosos, sobre esos carrillos que les encanta pellizcar a las abuelas. Se sube la camisa, que le alcanza las rodillas, y comienza a mear. Davo se percata en ese instante que en realidad mira en su dirección, pero no lo ve. La prueba es la expresión de placer que su semblante no disimula; por qué iba a hacerlo. Termina, se sube los pantalones, dejar caer la camisa y desaparece entre la multitud. Davo saca una cajetilla de Luckies, coloca uno entre sus labios. No recuerda dónde puso el mechero la última vez que lo utilizó, y mientras recorre los bolsillos de pantalón y mochila, un hombre se coloca en frente, distrayéndolo. Mete su mano en el bolsillo y saca un objeto metálico, difícil de identificar. Al fijarse un poco más, suena un chasquido, un percutor que hace aparecer el filo de una navaja, de unos cuatro centímetros. No puede ser que este tío vaya a atracarme a plena luz del día, en el centro de Dakar, a punta de navaja y con cientos de personas a mi alrededor- se dice ante la sorpresa. El presunto malhechor acciona otro mecanismo, dejando salir una llama y ofreciendo fuego para el cigarrillo, a la par que muestra una sonrisa contenida. Davo acepta el fuego mientras piensa: -Sí, ríete, pero con el susto que me has dado, te lo va a comprar tu puta madre. Ciertamente, se trataba de una estrategia comercial que debió funcionarle infinidad de veces en el pasado, pues insistía una y otra vez. Su acento en francés resultaba extraño, por lo que Davo se decidió a preguntar y entablaron conversación. - I´m from Nigeria- dijo. Luego le contó que son muchos los que abandonan sus países para venir a Dakar, a la que consideran la capital del África Occidental. Algunos la utilizan como puerta para acceder a Europa, otros muchos quedan allí, convirtiendo Senegal en país de origen, tránsito y destino de las migraciones. Tras charlar un rato, vuelve a la carga con el mechero-navaja. Davo responde que si tiene un mechero-mechero, se lo compra; al fin y al cabo no encontraba el suyo, pero no quería ir por ahí con una navaja en el bolsillo. La transacción concluye satisfactoriamente para ambos, ambos pues toman caminos diferentes.

El que toma Davo le lleva al puerto de Dakar. Hay un pequeño barco que sale cada hora hacia la isla de Goree, la isla donde millones de esclavos fueron encarcelados como paso previo a las Américas, una migración de corte muy distinto al actual. Senegal es el país más occidental de África, la situación de la isla inmejorable para garantizar la muerte de aquellos que osaran escapar de sus amos blancos. Este terrible lugar es, paradójicamente, de una belleza sublime. Construcciones de un precioso estilo colonial, con una vegetación cuidada que proporciona sombra a sus visitantes, con artistas que venden su arte colorido en calles empedradas, con pescado fresco asándose en los restaurantes a pie de playa. Un auténtico remanso de paz a quince minutos del estridente Dakar. Una de las casas señoriales está abierta al público, donde un guía y paneles informativos traen la historia hasta nuestros días, para que nunca olvidemos lo espantoso que el ser humano puede llegar a ser: Celdas para niñas de las que abusaban, para débiles a los que cebaban, para hombres y mujeres a los que robaban la sustancia.

El calor, el camino andado, el ruido y el viaje del día anterior lo han agotado. Abandona la isla y llama un taxi que pasaba por puerto, quiere echarse un rato antes de la cena. El conductor es musulmán, como la mayoría de los habitantes de Dakar, aunque un Islam entendido de un modo diferente al de países árabes, generalizando. A través de las polvorientas autopistas en construcción, el taxista lucha encarnizadamente con la palanca para cambiar de marcha: rasca a modo de gruñido, de lamento doloroso. Hablan sobre si es el embrague, o quizá la caja de cambios. Entre hipótesis, la mecánica no da más tregua a su conductor y el destartalado vehículo se detiene. Ni siquiera intenta arreglarlo; tan sólo detiene otro taxi, le cuenta lo sucedido y arreglan un trato que pueda satisfacer a todos. Eso es cooperación, dice Davo para sí. Todos la tenemos dentro, aunque a veces el individualismo sea un poderoso sedante. El segundo taxista le lleva hasta el hotel. No era el que le habían recomendado y reservado: por problemas de disponibilidad y un error con la reserva, tuvo que hospedarse en uno no muy lejano. Y fue este percance el que le llevó a presenciar otro tipo de migración: la norte-sur.

La migración norte-sur en esta parte del globo se explica en los siguientes términos: miembros de clase media acomodada, con una edad de unos 50 años, provenientes de países más o menos ricos, se ven obligados a emigrar durante períodos que varían entre una o dos semanas, en ocasiones varias veces al año, a zonas más cálidas. Y este hotel era el punto más cálido de Dakar. 

Davo entra en el establecimiento, buscando la recepción. Tiene un gran patio interior, donde un cocinero de blanco impoluto y radiante prepara enormes piezas de carne a la brasa en una parilla tejada. – Tengo una reserva para esta noche, sí, sólo esta noche, mañana dejo Dakar, muy amable, no es necesario, hasta mañana. Llave en mano, se dirige a su habitación; abre la puerta, deja caer la mochila sobre el suelo y su cuerpo sobre la cama. No quiere salir, pero el olor de la parrilla le ha abierto el apetito. Tras lavarse la cara y las manos, recorre el pasillo hasta el bar. Le invitan a sentarse, toma asiento. Traen la carta, pero pide sólo una ensalada de aguacate con frutas tropicales: ya hay demasiada carne a su alrededor. Chicas jóvenes,  altas y bellísimas, de piel oscura y tersa, vestidas con elegantes tacones altos y la ropa justa, comparten mesa con los inmigrantes del norte. Es la hermosura de las mujeres Wolof conocida en toda África, y queda patente que las nuevas tecnologías de la comunicación y la información han hecho llegar la nuevas a Europa. ¿Acaso hemos pasado de la esclavitud de la isla de Goree a la de botella de champagne? ¿O es quizá sólo un producto más del sistema económico liberal en el que vivimos? ¿Servicio a la sociedad, regularización, libertad de oficio, opresión y violencia contra las mujeres, o contrato de mutuo acuerdos entre ambas partes? 

Muchas preguntas y tantas opiniones diferentes, todas ellas válidas desde el punto de vista adecuado. Se siente cansado, le espera un largo día tras la pernocta, y más calor aún. Le espera el que fue un gran imperio. Le espera Bamako.

Próxima entrega: Un recuerdo impreso